Tras decir “auf Wiedersehen” a la pintoresca isla de Lindau, me dirijo en mi Peugeot 207 (ya veis, provocando con un coche francés por Mercedeslandia) hacia la ciudad de Constanza, conduciendo siempre en paralelo a la orilla norte del lago. La noche pasada ha nevado! (aquí abril no solo trae aguas mil) así que un bonito manto invernal cubre todo el paisaje a ambos lados de la carretera (y yo sin neumáticos de inverno. Nivel de provocación aumentando…).  Por suerte o por desgracia, tras escasos 20 kilómetros, la nieve desaparece al llegar a Friedrichshafen, localidad famosa por haber visto nacer al Zeppelin.

Friedrichshafen es una localidad más moderna e industrial y cuenta con el único aeropuerto del Lago Constanza, en el cual operan varias compañías de bajo coste, por lo que puede ser un buen punto para comenzar el viaje por la región. Mi principal interés residía en visitar el Museo Zeppelin, situado en el restaurado edificio de la antigua estación de trén del puerto de Friedrichshafen. El museo no tiene nada que ver con la banda de rock Led Zeppelin, sino que  repasa la historia del dirigible, el cual toma su nombre del conde Ferdinand Adolf August Heinrich Graf von Zeppelin, Ferdinand von Zeppelin para los amigos, vecino de Constanza. El primer Zeppelin despegó de Friedrichshafen en junio de 1900. Durante la I Guerra Mundial se perfeccionó su tecnología, llegando incluso a realizar vuelos trasatlánticos y alcanzando una gran popularidad hasta que el incendio del Hindenburg en 1937 sentenció el invento. La estrella del museo es la reconstrucción de una sección de 33 metros del Hindenburg que ocupa todo un lateral del edificio. Los travelistas más aventureros tienen incluso la posibilidad de realizar un vuelo en Zeppelin de 30 minutos sobre el Lago Constanza por el módico precio de 200 € por persona. Como mi presupuesto no me da para tanto, continuo mi viaje en coche hasta otra de las islas del Lago Constanza, Mainau o la isla de las flores.

Este lugar le encantaría a mi madre. El benigno microclima del que disfruta la parte noroste del Lago Constanza,  hace posible que la superficie de 45 hectáras de la isla de Mainau esté cubierta practicamente en su totalidad por diferentes clases de árboles, plantas exóticas, fuentes, mariposas, esculturas vegetales como la de Blumi (foto) y sobre todo de flores. Una orgía de sensaciones para tu nariz, un auténtico jardin del Eden, un oasis de harmonía y tranquilidad (no recomendado para alérgicos al polen!!!).

La isla es administrada por la Fundación Lennart-Bernadotte, linaje al que pertenece la casa real de Suecia, así que no te sorprendan las banderas suecas que ondean en la isla.  En la residencia barroca que corona la isla se reunen anualmente todos los premiados con el Nobel.

Exisiten varias opciones para llegar a Mainau: en autobús desde Constanza, directamente en ferry o en coche. Viajando desde Friedrichshafen, cojemos en la localidad de Meersburg un ferry que en escasos 15 minutos nos llevaba hasta Constanza. El precio varía en función del vehículo y el número de pasajeros. Al abandonar el ferry, simplemente sigue las indicaciones hacia Mainau.  No tendrás problema para dejar el coche, caravana o autobús en el enorme aparcamiento antes de cruzar el puente que conduce a la isla. El parking está incluído en el precio de la entrada al recinto: 16,90€ adultos/ 9,50€ niños y estudiantes, menores de 12 años gratis. Os recomiendo visitar la isla a partir de las 17h, ya que la entrada cuesta la mitad y además está mucho menos concurrido.

Mi viaje termina en Costanza, ciudad fronteriza con Suiza, la ciudad más grande y la que da nombre al lago.  Dejo el coche en un parking al lado de la estación de tren, cuya torre neogótica (foto) me recuerda a la del castillo de Disney, para dar un paseo por su ciudad vieja, a la cual se accede por la plaza Marktstätte, donde comienza la zona peatonal, flanqueada por banderas, bicicletas y edificios antiguos con fachadas muy coloridas. Al fondo de la misma se encuentra la fuente de los Kaiser con sus divertidas figurillas de animales alrededor (no resistas la tentación de subirte al caballo de bronce de tamaño casi natural). Sigue recto por la calle Kanzleistrasse y luego gira a la derecha para continuar por la Wessenbergstrasse hasta llegar a la plaza de la catedral. El templo románico cuenta con una torre de 76 metros a la que es posible subir para disfrutar de unas fantásticas vistas sobre la ciudad y el lago. En la plaza se pueden ver también los restos de un edificio romano. Callejea por los alrededores o simplemente deshaz el camino hasta la calle Hussenstrasse. En todo caso descubrirás tras cada esquina un colorista edificio medieval, barroco o incluso modernista, entre los que destacan el antiguo y el nuevo ayuntamiento de Constanza. Si llegas hasta el final de la Hussenstrasse podrás ver la torre original del S.XIV Schnetztor, que era la puerta principal de la antigua muralla de la ciudad.  Abandona el casco antiguo a tu izquierda por la Bodanstrasse para regresar a la estación y cruza por el paso subterrano al otro lado para salir al puerto, donde te aguarda Imperia, la estatua de una provocativa mujer de 9 metros de altura, situada sobre un pedestal giratorio, que sostiene en cada mano una cómica figura del emperador y otra del Papa. La obra pretende recordar de forma satírica la celebración en la ciudad del concilio ecuménico de 1414 a 1418. De hecho, en sus inmediaciones se puede visitar el edificio en el que se celebró el Concilio, que finalizó con la elección del Papa Martin V, el único nombrado en Alemania.

Tanto paseo nos ha abierto el apetito, así que nos vamos a cenar algo ligerito típico alemán a Brauhaus Joh Albrech (que hemos fichado antes mientras paseábamos por el centro) antes de empreder el camino de regreso a casa.

Banda Sonora: Haus am See de Peter Fox

El souvenir del travelista: Una tableta de Bodensee Schokolade

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